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| Los
"freeriders" huyen de la masificación
de las pistas convencionales |
Tabla
salvaje
Un
domingo cualquiera de invierno, las pistas son un
hervidero de idas y venidas, de turistas, de novatos,
de ropas fashion y esquiadores con equipos inmaculados
de gran almacén. Un ambiente nada agradable
para los que se dicen seguidores del espíritu
surfero que, allá por los sesenta, impulsó
a unos jóvenes a deslizarse sobre la nieve
como lo harían sobre las olas.
Por eso, un grupo cada vez más numeroso de
aficionados al snow deciden salirse de lo convencional
y practicar lo que ellos llaman freeride: ascender
por sus propios medios a las cumbres y bajar por palas
de nieve virgen que proporcionan sensaciones que ninguna
pista marcada se atreve a soñar.
Existen dos conceptos diferentes de freeride. Uno
es practicarlo dentro de las propias pistas. Se trata
de aprovecharse de algunos remontes y caminar cuando
no queda más remedio. De esta manera, se pueden
encontrar buenos descensos y se baja hasta seis veces
en un día. El back country, sin embargo, consiste
en ascender a una montaña con raquetas para
caminar y la tabla, colgada de la mochila. El esfuerzo
hace que disfrutes más el descenso, aunque
la calidad puede que sea peor que la de cualquier
pista. Pero si encuentras una bajada buena la disfrutarás
como nunca. El gran inconveniente es que sólo
se realiza un descenso, y es que muy buena tiene que
ser la bajada para volver a escalarla en el mismo
día.
Las competiciones aún son escasas. En nuestro
país, apenas hay cuatro y sirven más
para reunir a las dos decenas de practicantes de buen
nivel que tiene la especialidad que para demostrar
quién es el mejor. Como es lógico, los
que empezaron con el freeride para huir de la masificación
lo que menos desean es que ésta también
se masifique. Por eso, muchos prefieren pruebas como
la de Tavascán, a la que sólo se asiste
por rigurosa invitación, y que se celebra en
un pequeño refugio poco conocido del Pirineo.
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